DONDE EL CORAZÓN APRENDE A SER PUENTE
Hay libros que se leen. Y hay libros que se habitan.
Corazones suspensivos… pertenece, sin duda, a los segundos.
Desde la primera página, César Reyes López nos abre la puerta de su intimidad, de su paisaje emocional y también de su paisaje físico, ese que huele a dehesa, a granito, a cal blanca, a encinas…, y no es casualidad. Porque este poemario, su segundo trabajo tras Sueños, sonrisas… versos, no es solo una colección de poemas y reflexiones: es un territorio; un espacio de color íntimo donde poder caminar descalzo, reconociéndose, aceptándose, amando y amándose.
Y lo hace, además, de una manera bellísima y poco habitual: cada poema se acompaña de una imagen. No es un mero adorno visual. Es parte del lenguaje del libro. Es la piel del verso. Las imágenes aportan calidez, ternura, textura, luz… Convierten la lectura en una experiencia sensorial, casi táctil. No solo se lee con los ojos; también se mira, y se siente, con el alma.
Desde los primeros versos se percibe que César escribe desde un lugar muy honesto: «Confluir nuestros pasos en la misma vereda/ en el silencio pétreo de la dehesa…/ el viento una sombra,/ la vuelta de las cigüeñas…» No es solo una escena. Se trata de una declaración de intenciones: caminar juntos, compartir vereda, reconocerse en el silencio, en lo esencial. El amor aquí no es artificio ni grandilocuencia: es paisaje compartido, es volver siempre, como las cigüeñas, al lugar donde late el hogar.
Este libro es, por encima de todo, un canto al amor. Pero no a un amor idealizado, sino al amor valiente, al amor que acepta la fragilidad, que entiende la imperfección como belleza, que sabe que nuestras limitaciones no nos empequeñecen, sino que nos definen y nos hacen únicos: «…pero son nuestras limitaciones…/ las que nos definen y defienden…» En estos versos hay una filosofía de vida entera. Una invitación a dejar de luchar contra lo que somos y empezar, por fin, a abrazarlo.
Porque si algo atraviesa Corazones suspensivos… es esa insistencia suave y firme en la autenticidad: «Vive, sé libre, sé tú…» nos dice, o más bien, nos grita César. Tres imperativos que resumen el espíritu del libro. No se trata de parecer, se trata de ser. Sin máscaras. Sin artificios. Con luces y sombras. Incluso, a veces, con las alas rotas.
César escribe para quien se ha sentido perdido alguna vez: «A veces hace días que se me paró el mundo/ o sigo buscando una ruta/ en un mapa en el que encontrarme…»
¿Quién no lo ha experimentado? Esa pausa extraña del mundo mientras uno intenta recomponerse. Este poemario acompaña en ese momento. No da respuestas cerradas, pero sí ofrece compañía. Y eso, a veces, es lo que más necesitamos.
Hay también una ternura desarmante en versos que, con aparente sencillez, contienen una profundidad inmensa: «Tú duerme, descansa,/ sabes que tengo controlado el armario/ y que duermo en el lado de la cama/ por el que asoman los monstruos.» Aquí, el amor se convierte en refugio, en protección silenciosa, en ese gesto cotidiano que vale más que mil promesas.
El libro está lleno de abrazos. De hecho, podría decirse que se lee como un abrazo prolongado: «Qué bonito esos abrazos…» Porque César cree —y el lector/la lectora acaba creyéndolo con él— en el poder sanador de ese gesto que yo misma entiendo como el idioma silencioso del cariño; como un gesto que puede parecer mínimo, pero que tiene el poder de recomponer almas.
También hay espacio para la herida, para el dolor que no se esconde: «Ayer lloré pero no me viste/ lloré por todo y por nada/ lloré porque era pedazos…» Pero incluso ahí, el autor no se queda en la herida, sino en la enseñanza o lección que de ella podemos obtener: «No es la herida en sí,/ es su significado…» Las cicatrices, en este libro, no son señales de derrota, sino de aprendizaje, de camino recorrido, de valentía, de superación.
Y junto al amor íntimo, como ya he señalado, aparece también el amor a la tierra, a Los Pedroches. A lo nuestro. A la dehesa, al granito, a la cal, a las encinas,… a las cigüeñas. Ese paisaje no es decorado: es raíz. Es identidad.
Hay, además, una sutil mirada social, como cuando escribe: «… el mañana sigue pintado de marrón/ aunque termine el otoño.» Una alusión que trasciende lo personal y conecta con lo colectivo, con la memoria reciente, con el dolor compartido.
Y, sin embargo, siempre regresa la esperanza. Siempre.
«Ojalá pudiéramos…/ guardarnos nieve en los bolsillos/ junto con la ilusión…»
Qué imagen tan poderosa: conservar la ilusión como algo que llevamos encima, que no dejamos que se derrita, que nada ni nadie nos puede arrebatar.
Esta melodía romántica, como él mismo describe a su obra, habla también de encontrarnos en el otro, de entender que el amor, cuando es verdadero, cuando lo sabemos dar de manera desinteresada, en alma y piel, nos otorga el mágico privilegio de ser mejores personas: «Qué suerte que dejáramos/ de ser medios días…»
Y, entre todo, y con todo, una declaración preciosa que define al autor: «No soy de islas,/ soy de puentes.» César no escribe para aislar. Lo hace para unir; para tender puentes entre emociones, entre personas, entre quien se adentre en sus versos y descubra su propio interior.
Corazones suspensivos… no está hilvanado para leerlo deprisa. Es un libro para detenerse, para subrayar, para respirar entre verso y verso, para reconocerse, para recordar que no debemos ser meros espectadores de nuestra propia vida, sino protagonistas valientes del camino que nos lleve directo hacia nuestros sueños; y, si en el sendero hallamos piedras, las hacemos a un lado, o las saltamos, y seguimos adelante.
Porque este libro, en definitiva, es un canto a la vida; y, sí, lo reitero, al AMOR ⸺así, en mayúsculas⸺; a la esperanza; a la belleza de mostrarnos tal y como somos; a confiar en nosotros mismos; a no rendirnos nunca. Nos muestra el superpoder —real y cotidiano— de hacer feliz a otra persona.
Y al llegar al final, se comprende que el título no es casual: estos corazones quedan en suspensivos porque siguen latiendo dentro de quien lo ha leído… más allá de su último verso.
Al cerrarlo, volver a contemplar la portada y pasar los dedos por ella, a modo de caricia, se tiene la certeza de que, como nos susurra César a lo largo de todo el poemario, «SI NO ES BONITO/ NO ES AMOR.» Y yo… no puedo estar más de acuerdo.
Raquel Gil Espejo.
25 de enero de 2026.
